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lavozdelaiglesia
miércoles, 05 de marzo de 2008 12:00 a.m.
Al promediar la Gran Cuaresma en la Iglesia Bizantino-Ucraniana se venera la cruz de Cristo con postraciones hasta el suelo.
La Cruz es símbolo de triunfo, de gloria, trofeo del amor de Dios, el precio pagado por Dios por nosotros. Es la cicatriz de los sufrimientos que padeció Cristo para salvarnos. Para ilustrar mejor esta realidad nos valdremos del siguiente incidente.
"Un día muy caluroso de verano un niño decidió ir a jugar a la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró al agua y nadaba feliz.
Su mamá lo miraba por la ventana, y vio con horror como se le acercaba un cocodrilo. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole el niño se alarmó y nadó hacia su mamá. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos, pero fue demasiado tarde, el cocodrilo había agarrado sus piernitas. La mujer estiraba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no permitía soltar al niño. Un señor que escuchó los gritos, acudió al lugar y con una escopeta mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y aunque sus piernas fueron muy lastimadas, machucadas, volvió a caminar.
Cuando salió de la clínica, un periodista le preguntó si le quería mostrar las cicatrices de sus piernas. El niño levantó las botamangas de los pantalones y le mostró. Pero entonces, con gran orgullo se subió las mangas de la camisa y dijo: "Pero las que usted debe de ver son éstas". Eran las cicatrices de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. "Las tengo porque mi mamá no me soltó y me salvó la vida".
La cruz es la cicatriz de Cristo, a través de ella Jesús nos salvó. A través de ella accedemos a la salvación, por eso la cruz es escalera al cielo, puerta de ingreso al Reino de Dios, es la puerta estrecha que conduce a la casa del Padre: "Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran," (Mt. 7:13-14).
La cruz, esa puerta estrecha, salva y purifica. La cruz en nuestra vida es purificación y salvación.
El sufrimiento sigue siendo un misterio para el ser humano, como es el caso de Job; pero la mayoría de los sufrimientos son provocados o atraídos por nosotros mismos, por los errores y pecados que cometemos. Por ejemplo:
Por todo lo que pensamos y decimos: pensamientos negativos y destructivos, mentiras, engaños, falsedades, críticas negativas, calumnias o ironías: "Pero les aseguro que en el día del Juicio, los hombres rendirán cuenta de toda palabra vana que hayan pronunciado", (Mt. 12:36).
Por todo lo que comemos o bebemos, que en exceso o mal combinado intoxica el organismo.
Por trasnochar y no descansar bien,
Por no perdonar y albergar odios y rencores, a veces ancestrales.
Por las imprudencias al conducir el vehiculo o por la imprudencia de terceros.
Por las imprudencias en los trabajos, esfuerzos físicos excesivos o incorrectos, Por el mal uso y abuso que hacemos del ecosistema.
Por no rezar, porque el espíritu necesita estar en íntima unión con Dios. El amor y la confianza en Dios influyen poderosamente en el organismo.
Todo lo que decimos o hacemos tiene su efecto inmediato, a mediano o largo plazo, pero nada queda sin su recompensa o castigo. Pero a pesar de ser sufrimientos causados por nuestros errores, no dejan de ser grandes oportunidades de santificación y salvación.
Los sufrimientos son el elixir, el remedio por excelencia contra la enfermedad de la soberbia, que es el pecado que más nos aleja de Dios. Cuando sobrevienen las calamidades, fracasos, enfermedades, grandes sufrimientos, el ser humano busca a Dios, se humilla ante El, lo reconoce como su Señor, baja la corona de su cabeza y la deposita a los pies de la cruz. Cae de rodillas y pide perdón y auxilio. Cuando esto sucede, significa que la gracia de Dios ha entrado en esa persona, ha iniciado el proceso de salvación.
Hace unos días un hombre joven, casado y con dos hijos, a quien le tocó vivir situaciones muy críticas, que casi hicieron colapsar todo, me decía: "Yo ahora vivo sólo de fe, no me preocupo por nada, dejo todo en las manos de Dios, se que El se ocupa de todo". Me impresionó mucho este testimonio, porque es el fruto de profundos sufrimientos, que hicieron germinar una nueva vida espiritual y se convirtieron en escalera al cielo, instrumentos de salvación.
Nuestros sufrimientos, nuestras cruces son también las cicatrices, las huellas de Dios en nuestra vida.
Es muy acertado el rito de la veneración de la cruz. En ella todos los fieles hacen tres postraciones hasta el suelo, significando con este gesto su total entrega a Dios, depositando, entregando todo su ser, cuerpo, alma y espíritu a Dios, el Señor de todo, luego incorporándose besan la cruz, su cruz.
Pbro. Dr. José Hazuda
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