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jun 12

Publicado por: lavozdelaiglesia
martes, 12 de junio de 2007 08:56 p.m.

Una de las principales actividades de Jesús en la tierra era sanar a los enfermos: "Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente", (Mt. 4:23). Y El Sigue sanando hoy porque resucitó, está vivo y recibió todo poder. Los mismos signos y prodigios se dan hoy, porque su poder no disminuyó ni desapareció, a pesar de que el mundo lo niega y se esfuerza por excluirlo de la vida concreta de cada día.
La mayoría de las sanaciones y liberaciones suceden durante la Comunión. ¿Por qué? Porque es el momento de nuestra total y profunda unión con Cristo vivo en la Eucaristía. En la Comunión Su vida pasa a ser nuestra vida, nos hacemos uno con Cristo y con la comunidad. Se produce algo así como una transfusión de sangre. La sangre de Cristo, su vida, fluye en nosotros y Su Cuerpo pasa a ser nuestro cuerpo y Su Sangre, nuestra sangre, somos incorporados a Cristo, asumidos por Él. Se produce 10 que dice san Pablo: "ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí", (Gal. 2:20).
El papa Juan Pablo II en su reciente encíclica sobre la Eucaristía nos enseña: "Quien se alimenta de la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la en tierra como primicia de la plenitud futura", (EE, 18).
Es por este motivo, que durante la Comunión se producen sanaciones y liberaciones, porque con la vida de Cristo presente en la Eucaristía, también ingresa en nosotros su poder sanador, el mismo que sanaba todas las enfermedades y dolencias de la gente. El Papa, citando a San Ignacio de Antioquia, dice que la Eucaristía es: "fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte", (EE.18). El mismo Jesús nos dice que si no comulgamos, no tenemos vida: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. ", (Jn 6:53).
Lo que bloquea el poder sanador de Cristo es el pecado, obstruye su ingreso y eficacia. La persona en pecado, sí no se confiesa y no obtiene el perdón y la absolución de un sacerdote, muere espiritualmente, la vida de Cristo no está en él. Y si comulga estando en pecado, comete un pecado más grave aún y en lugar de vida y sanación, recibe enfermedad y muerte: "el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso, entre ustedes hay muchos enfermos y débiles, y son muchos los que han muerto. ", (1Cor. 11:27-30).
El daño que provoca en nosotros el pecado: enfermedad y muerte, queda evidente cuando Jesús le dice al paralítico que acababa de sanar: "Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía", (Jn. 5:14).
Tendríamos que huir del pecado, no sólo porque desagrada a Dios, sino por el gravísimo daño que provoca a nivel físico y espiritual. Deberíamos evitar todas las ocasiones, para no caer víctimas de él y convertirnos en su esclavo.
Cada vez que nos acercamos a comulgar, lo hacemos con mucho amor y devoción, pensando: "me estoy uniendo a Jesucristo, estoy recibiendo su vida y su poder sanador está fluyendo dentro de mi". Hacemos silencio y nos quedamos unos minutos en adoración y total abandono a su Divina voluntad, para que el poder sanador de Jesucristo fluya sin bloqueos y sea eficaz en nuestra vida.
Pbro Dr. José Hazuda

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