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jun 12

Publicado por: lavozdelaiglesia
martes, 12 de junio de 2007 03:27 a.m.


1. El gran vació
Muchos admitimos un doloroso vacío espiritual porque estamos tomando conciencia de la profundidad del mismo. La espiritualidad cristiana se encuentra en peligro de convertirse en una algo sin significado, en confusión, en falta de sentido real para la vida personal.
En la actualidad, los modelos que se promocionan como espiritualidad es la belleza televisiva; pero otros entienden por espiritualidad la posesión de una mascota, el brillo de un torneo deportivo, la decoración de la casa, pertenecer a un club de música, hacer viajes de turismo, en entregarse completamente a la causa de los marginados... También hay quienes creen en la espiritualidad de una psicología de tarjetas de felicitaciones, o de consuelo en libros de regalos, o quienes se consuelan con breves oraciones, en llevar amuletos, hacer cadenas de oraciones.
Otros ponen su espiritualidad en la violencia, la prepotencia, los asaltos, en el poder económico, en la fama.
Todos son caminos equivocados en busca de consuelo para el alma.

2. Anhelo espiritual
Según la experiencia de vida, no podemos satisfacer el anhelo espiritual con libros de autoayuda o sesiones de terapia. Sabemos que la vida espiritual que buscarnos va mucho más allá y es algo más profundo que buscar satisfacciones en cosas pasajeras. La espiritualidad va más allá de un buen comportamiento moral, buenas obras y motivaciones.
Necesitamos palabras y pensamientos sobre el "alma", sobre Dios que nos ayude a encontrarnos con Dios Padre para salir del conformismo con una espiritualidad superficial. El alma tiene sed de Dios y es la parte menos reconocida y admitida por el hombre. Los místicos han comprendido esta necesidad del alma y han buscado a Dios para sacudir la mediocridad espiritual en buscar consolaciones de felicidad de corto tiempo.
Debemos buscar la paz que preanuncia la eternidad con Dios porque el alma tiene sed de Dios y por negar satisfacer este anhelo sentimos el gran vacío de Dios.

3. Dios nos ama
En el buen sentido de la palabra espiritualidad es ser amantes de Dios, enamorados del
Señor. Dios nos atrae para que lo amemos. Amar a Dios es conocerlo cada vez más y mejor, y en ese acto encontrar como recompensa nuestra propia felicidad.
Por nuestro miedo y vergüenza de manifestar el amor a Dios, tenemos prisionero nuestro anhelo de Dios. No sabemos que buscamos, que queremos y que pedimos. Es necesario buscar al Dios que expande nuestros corazones hacia la libertad, la alegría, la paz, el amor y la verdad. No es necesario ser monje o teólogo, es simplemente buscar los valores que elevan nuestra personalidad, buscar nuestra plenitud en algo más allá de eso que nos ha engañado o mentido. Alimentar nuestra alma de Dios no es un trabajo para tímidos o miedosos sino de valientes que en búsqueda continua, aun a través de hechos cotidianos dolorosos, viven una espiritualidad madura con Dios.

El soplo del Espíritu Santo es una convocación de Dios que nos lleva a buscarlo, aun con riegos.
Hay en cada uno de nosotros un anhelo de hallar a Dios. El es quien nos persigue y busca o golpea a la puerta de nuestro corazón. Lo peor es pensar que no somos importantes como para ser sujetos de atención por parte de Dios. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, ayude a nuestra voluntad y nos de coraje para superar las dificultades y tropiezos de la vida. Porque "la verdad permanece junto a la puerta de nuestra alma...y llama"(San Gregorio de Nisa).
P.Luis ofm

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