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jul 3

Publicado por: Redacción
lunes, 03 de julio de 2006

No hubo dramas en la escena que transmitió la tele. Tampoco entre quienes en Palermo aplaudieron a jugadores que ni escucharon ni imaginaron seguramente que a miles de kilómetros hubo gente que se reunió para alentarlos. La ventaja de no haber sido favorito es que la caída no dejó ese sabor amargo que masticamos y no podemos sacarnos de la boca los argentinos después de la derrota por penales ante una Alemania mezquina, soberbia y con espíritu de equipo chico. Por eso, aun en amplia desventaja, la pisada de Shevchenko provocó sorpresa y satisfacción. Es mucho más fácil jugar sin llevar a cuesta una mochila de historia y tradición futbolera. No hay discusiones sobre si Rebrov debería haber entrado desde el comienzo, o si Shovkovskyi es poco arquero para un mundial. Tampoco hay reproches a Blojín por los cambios, ni a Tymoschuk por insistir en esa extraña manía de patear al bulto. Ser debutante habilita ciertas ingenuidades que un equipo con oficio como Italia no muestra. Pero eso impone un precio que pagar, y el seleccionado cosaco lo pagó. Atrás quedaron imágenes que no se borrarán de la memoria así como así. Ese himno cantado a viva voz por vez primera en un mundial, frente a miles de millones de personas que quizás recién entonces comenzaron a entender que Ucrania es una nación independiente. Ese festejo sin precedente tras haber superado una primera fase cuyo comienzo fue una advertencia. Grabados para siempre están los gritos que invadieron cada rincón de nuestras casas. El “¡Vamos Ucrania, carajo!”, que nos pinta tan argentinos, pero tan preñados de una raíz que no se olvida. Marcados a fuego quedaron en los corazones los rastros de esa definición que dejó a Suiza en el camino y llenó de lágrimas los ojos de la emoción. Registrados en fotos del alma permanecerán sin fecha de vencimiento los encuentros de viejos conocidos en algún salón de la colectividad, gracias a esa magia que proponen una pelota y 22 jugadores que la acarician, la tocan, la maltratan, la revolean, pero jamás consiguen mancharla. Siluetas encorvadas, que con la ayuda de algún bastón y a paso lento se sentaron frente a una pantalla gigante, entre esas paredes que construyeron con sus manos. Allí donde protegieron su cultura y su historia durante los años de sangre que enlutaron a su tierra, del otro lado del mar. Miradas que disfrutan lo que más de una vez pensaron que no verían. Sus colores, sus letras y sus símbolos, sin prohibiciones. Hombres a los que la vida les jugó duro, pero a quienes hace 15 años los recompensó con la libertad de su patria. Y cuánta más vida vivieron desde entonces. Y entre ellos, enanos del siglo XXI con sus mejillas pintadas. Una, de celeste y blanco. La otra, de azul y amarillo. Hijos de los hijos de los hijos, que son de acá, pero no reniegan de lo de allá. Una y otra vez pasarán por nuestro reproductor de video interno el cabezazo en el travesaño y las tapadas de Buffón y Zambrotta, cuando apenas había un gol de diferencia. Cuando Italia desplegaba sobre la cancha su manual completo del antiestético “cattenaccio” que tanto ama y pondera. Si hasta tuvo que nacionalizar un argentino para contar con algún jugador que se anime a tirar un taco. Nos preguntaremos si podría haber cambiado la historia la presencia de Voronin. O si hubiera servido un curso rápido de picardía y potrero a cargo del “mellizo” Barros Schelotto. O si gritar “zaporoschi” al iniciar cada ataque hubiese asustado a los rivales. Lo bueno es que hay revancha. Y también material para confiar en que será la ocasión para mejorar lo conseguido. Es posible que ya no sea Sheva el abanderado. Pero no faltará quien lo reemplace y defienda el lugar que Ucrania se ganó en el fútbol del mundo. A medida que las horas pasan se hace más fácil encontrar palabras. Aunque ese sea el trabajo del que escribe, no siempre resulta sencillo. Por eso esta vez costó hablar de celebraciones. Porque dolió en lo más profundo ver de qué manera sacó pasaporte a la semifinal un equipo local que, sin orgullo y sin la más mínima vergüenza, pedía por favor que terminara el partido que tan bien supo controlar el señor que debió haber impartido justicia sin parcialidad. Y porque, un poco más tarde, dolió dar de cabeza la ilusión contra el oficio y la experiencia de los italianos. Sin embargo, siempre hay tiempo para agradecer y reconocer a quienes hicieron bien las cosas. Siempre hay tiempo para sentirse orgullosos de quienes nos representaron dejando hasta su último esfuerzo en el campo de juego. Y eso es más que suficiente para celebrar Por Eduardo Slusarczuk

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