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Publicado por:
Redacción
martes, 27 de junio de 2006
Andriy Shevchenko, estandarte de la selección y del sueño de un país, se golpea el pecho y camina hacia el punto del penal. Mal presagio. ¿Cómo no recordar a Michel Platiní y a Zico errar en la definición de Francia – Brasil del ’86? , uno de los mejores partidos en la historia de los mundiales. O a Diego, nuestro Diego, fallar en los cuartos de final de 1990, ante a miles de insultantes italianos.
Pero un líder tiene que ir al frente, y Sheva fue. Y acomodó la pelota. Y tomó carrera. Y trotó con determinación. Y Zuberbuehler se tiró. Y Andriy no tuvo tiempo de cambiar su decisión. Y de pronto, el balón picaba, manso, hacia un costado del arco. Y los fantasmas de Michel, Zico y Diego lo abrazaban a Sheva y lo consolaban. “Es de grandes errar alguna vez”, le decían. Y lo acompañaban hacia el centro de la cancha, para esperar. Y esperó. Como todos esperamos. Como Blojín en el túnel que lleva al vestuario. Como mi viejo aferrado a su bastón. Con los puños cerrados. Con la camiseta contra el pecho. Con el corazón en la boca. Con el grito a punto de estallar.
Por eso la figura de Sheva a los saltos, probando la mejor manera de hacer flamear esa bandera que se repetía en las tribunas, era el desahogo de millones. Por eso los ojos de Blojín eran los de los ucranianos que soñaron ese momento. Por eso no hay manera de pensar que no se puede.
Porque ayer Shovkovskyi mostró que es un arquero de selección, y borró algunas escenas de terror de partidos anteriores. Porque Kalinichenko y Nesmachnyi le agregaron garra a su juego y empezaron a dar pases a sus compañeros en vez de reventarla a cualquier lado casi como única opción de salida. Porque Vashchuk aprovechó las ausencias de Russol y Sviderskyi para morder, encimar y ganar en su zona. Porque Tymoschuk nunca baja los brazos (ni la pierna). Porque se nota que Shelayev y Vorobey tienen todavía algo más para dar. Porque, por fin, Voronin, Shevchenko y Rebrov se encontraron en dos o tres pases (no es mucho en 120 minutos, pero algo es algo). Y porque Artym Milevskyi va a tener que mostrar sus documentos para disipar cualquier sospecha acerca de su origen. No vaya a ser que nació en algún potrero bonaerense y Pekerman se lo haya perdido.
Habrá quien diga que tanta euforia es la mejor cortina de humo para un gobierno que busca conservar como sea parte del poder que conquistó hace poco más de un año. El regreso de Yulia al gobierno, de la mano de la clasificación a octavos, no debería tapar las razones que llevaron a que el presidente la destituyera. Pero parece que ya nadie habla de eso. Ya aparecerán las estadísticas que ubicarán a Ucrania en los ránkings de crecimiento económico, distribución de la riqueza y corrupción. Quizás entonces el mundial haya terminado, y la atención cambie de foco.
Por lo pronto, el ránking del fútbol mundial dice que Ucrania ya está entre los mejores ocho. El fixture avisa que se viene Italia. Aunque no cuenta que los azurri están allí sólo por obra de un señor con vocación creativa y que no usa relojes. Que inventó un penal y mandó a los canguros, pelota en bolsa, a su casa.
El viernes la cosa se viene pesada. Al mediodía Argentina intentará sacar del mundial al dueño de casa. Y no hay dudas de que tiene con qué. Y después, a las cuatro, Shevchenko y los suyos irán por más. Si ambos ganan, será tiempo de discusiones familiares y reflexiones que quizás jamás imaginamos que tendríamos que enfrentar. Mientras tanto, cada uno en su trabajo y en su casa, con las esperanzas intactas. Y más de una razón para celebrar.
Por Eduardo Slusarczuk
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