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jun 20

Publicado por: Redacción
martes, 20 de junio de 2006

La apuesta parecía arriesgada. Después del 0 – 4 frente a España, el enigma estaba en la cantidad de gente que se congregaría para ver el siguiente partido, respondiendo a la convocatoria de la Asociación Plast, con una pantalla gigante como anzuelo principal. Bien es sabido que la alegría compartida se multiplica, pero lo mismo sucede con la tristeza. Y el precedente del debut de la selección de Ucrania en el Mundial 2006 no era el mejor estímulo para responder al llamado. Sin embargo, a las 16, el clima del viejo salón no difería de cualquier club de barrio en el que un grupo numeroso de amigos se dispone a compartir una jornada futbolera. El acento distintivo lo ponían las camisetas amarillas, las banderas azules y oro, y los repetidos “davai!” (Dale!), “Ukraiina, Ukraiina” y “scho te robesh?” (Qué hacés?). No obstante, hicieron falta nada más que un par de minutos para que estallara el idioma universal. El gol tempranero de Rusol distendió el ánimo, y morigeró las miradas de desconfianza que caían sobre algunos defensores que hicieron agua frente a la “furia” ibérica. Veinte minutos con apenas un par de corridas de Shevchenko, que por poco no llegó para ampliar la ventaja, y a la media hora fue el viejo Rebrov el que desató una euforia que el otro Shevchenko y Lesia Ukrainka disfrutaban desde un privilegiada posición. Fin de juego y tiempo de descanso. Pati y chori, pasta frola y alfajor de maizena. Una vez más el fútbol como punto de reencuentro de viejos amigos. Una vez más el fútbol como excusa para ejercitar los afectos. Una vez más el fútbol para aglutinar la sangre de la misma sangre. Con el chimichurri entre los dedos y el café por la mitad, los aplausos para el tercer gol se hicieron difíciles, pero hasta el gran Tarás pareció festejar. No faltará quién dentro de poco exija una detallada reconstrucción del árbol genealógico del goleador del Milan, para establecer alguna relación entre ambos próceres. Habrá que esperar a ver si alguien toma la posta. Entre los más de 50 hinchas que no paraban de celebrar cada proyección por izquierda o derecha de los laterales cosacos, el cálculo de los puntajes y posibilidades de clasificación a octavos reemplazó el temor del comienzo de la tarde. Pocas horas después se aclararía el panorama, cuando España se hiciera cargo de las aspiraciones tunecinas. Más paredes con sello de potrero porteño y más gritos con acento ucra. Un atrevimiento de Kalinichenko y el 0 a 4 cambió por 4 a 0. Brazos al cielo y la certeza de que muchos festejaban por primera vez un gol en su vida. Hizo falta que Ucrania llegara al mundial para que descubrieran la maravilla de gozar el contacto de la pelota con la red. En buena hora. Hoy, el fútbol tiene varios hinchas más. Y Ucrania, la clasificación a tiro. Pitazo final. Abrazos amarillos. Allá. Y acá. El “Sche ne vmerla Ukraiina” (“Ucrania aún no murió”), por una vez pierde su solemnidad de himno para convertirse en el mejor título de la crónica del triunfo frente a Arabia. Después de tantos años de lucha, todos sabemos lo que valen esas palabras. En la vieja casa de la Asociación Plast, en Floresta, hay satisfacción. Ucrania ganó su primer partido de fútbol en un mundial. Y hay que celebrar. Por Eduardo Sluszarczuk

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