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abr 27

Publicado por: Redacción
jueves, 27 de abril de 2006

Las fallas en el diseño del reactor y los errores humanos fueron sindicados como las causas, en tanto el análisis de las consecuencias contrasta de manera llamativa con estimaciones no oficiales y de algunas ONG’s ambientalistas. “Las causas del accidente fueron la conjunción de las deficiencias en el diseño y la construcción del reactor y una serie de errores humanos”. “Recibe más radiación un residente cercano a las playas de Brasil que quien en la actualidad recorre Chornóbyl”. Ambas afirmaciones fueron realizadas ayer por el doctor Carlos Rubén Calabrese, Gerente del Centro Atómico Ezeiza y el ingeniero nuclear Abel González, durante un seminario organizado por la Embajada de Ucrania en Argentina y la Universidad de Belgrano, en el cual fueron analizadas las causas y consecuencias del accidente ocurrido hace 20 años en el norte de Ucrania. Calabrese apeló a la didáctica para ilustrar acerca del funcionamiento y constitución de los diferentes tipos de reactores nucleares. Explicó que los más de 400 que operan en el mundo generan el 9 % de la energía eléctrica de Argentina, el 35 de la Unión Europea y el 17 a nivel mundial. En el caso de Ucrania, la mitad del consumo eléctrico proviene de esta fuente. Detalló con precisión los sucedido en el reactor cuatro de Chornóbyl a partir de las 23 del viernes 24 de abril de 1986. Apoyado en gráficos señaló la suma de errores que derivaron en una “variación de potencia sumamente abrupta que resultó en una explosión con liberación de energía”. El científico rescató la rápida intervención de los bomberos y el lanzamiento de elementos absorbentes de neutrones realizado desde helicópteros. Pero ratificó que “lo que quedó en evidencia fue la deficiencia en el diseño del reactor, que no reunía las condiciones necesarias de seguridad, lo que, por otra parte, facilitó la fallida intervención de quienes operaban la unidad en ese momento”. A modo comparativo recurrió al episodio de Three Mile Island, sucedido en 1979 en Pennsilvania, Estados Unidos, en el que las condiciones de seguridad en la construcción impidieron la fuga de radiación. Algo que la ONG Three Mile Island Alert pone en duda. En el mismo sentido, calíbrese concluyó que un reactor del tipo RBMK como el de Chornóbyl “no hubiese sido permitido en Occidente”. González, ex director de la Comisión Nacional de Energía Atómica, director de la División de Seguridad radiológica del Organismo Internacional de Energía Atómicas (OIEA), y cabeza del equipo que Naciones Unidas (ONU) destacó en Ucrania para estudiar los efectos del accidente, resaltó el contraste entre las primeras estimaciones de los efectos del accidente con los relevamientos posteriores. El especialista recordó que el primer informe de la OIEA, que ponía el acento en el cáncer de tiroides como uno de los principales problemas a neutralizar, fue ignorado, a la vez que enfatizó la falta de información, política tradicional del régimen soviético. La Conferencia de Kyiv de 1988 dio cuenta de las deficiencias en el tratamiento de la tragedia, “por falta de conocimientos y de recursos”. González adjudicó las carencias a la propia creencia del régimen, “que no admitía la posibilidad de cometer errores, lo que, por lo tanto, no obligaba a tomar recaudos contra posibles fallas”. En 1989 por primera vez la Unión Soviética abrió sus puertas a la mirada internacional, y se creó el Internacional Chernobyl Project, que confeccionó los mapas de la contaminación y determinó que los elementos radioactivos más importantes eran el yodo, causante casi excluyente del cáncer de tiroides y el cesio, en una variante que mantiene su influencia por 30 años, aproximadamente. Además fueron testeadas 16 mil personas. En una reciente entrevista al diario Perfil, Luzmila Panasietska, evacuada de Pripyat, relató la manera en que con un dosímetro analizaban su cabellos, su piel y sus pertenencias. González aclaró que el mapa resultante no comprende sólo la radiación emanada de Chornóbyl, sino que recoge el efecto residual producido con anterioridad por los ensayos atómicos perpetrados por la Unión Soviética y Estados Unidos. En aquella instancia también se confirmó que la evacuación, si bien “fue eficaz y bien organizada”, se hizo mal, “debido a que se evacuó de acuerdo a la contaminación y no a la dosis de radiación a la que estaba expuesta la población”. El científico avanzó a la conferencia de 1996 –la mayor sobre el tema celebrada hasta el momento-, presidida por la actual canciller alemana Angela Merkel, que definió tres grupos de análisis: los liquidadores, los evacuados y los residentes. Con respecto a los primeros, los más afectados, González reconoció que precisar su cantidad es difícil. Algunas fuentes ucranias hablan de 200 mil, pero se calcula que hay unos 600 mil carnets de liquidadores en circulación. Dmytró Kvitnytskyy, trabajador ferroviario de la estación de Yanov, denuncia que “un montón de gente que jamás estuvo en Pripyat accedió a los beneficios que el estado concedía a quienes trabajaron allí”. “Esa corrupción, junto a los problemas de salud, fue una de las razones que nos empujaron a dejar el país”, confiesa. González se apoyó en los registros rusos, que declaran 160 mil, de los cuales la tercera parte recibió dosis considerables de radiación. De las aproximadamente mil personas que recibieron una intensa exposición el primer día del accidente, “las víctimas con enfermedades agudas de radiación fueron 237”, dijo, al tiempo que cuantificó en 50 a quienes murieron instantáneamente al atacar el incendio inicial. En cuanto a los efectos, la conferencia concluyó que “no hubo mediciones da cambio en la mortalidad, que en algunos casos era menor que en el resto de los países de la URSS”. De los evacuados, los estudios arrojaron que “unos 115 mil, casi todos de Ucrania, fueron sometidos a una dosis radioactiva baja”. Por último, sobre los residentes, el ingeniero sostuvo que todo depende de los parámetros que se tomen y ejemplificó con un cálculo probabilístico que podría extender el número de víctimas a cientos de miles. Inmediatamente calificó como una “irresponsabilidad decir que se murieron o morirán cantidades de personas imposibles de medir”. En cambio, reconoció que el “drama tiroideo existe, y responde a la falta de prevención, debido a que no se prohibió el consumo de leche fresca, ni en Rusia, ni en Ucrania, ni en Bielorrusia”, aunque insistió en que son casos tratables, de los cuales murieron muy pocos. Los datos exhibidos por González fueron ratificados por el informe presentado en setiembre de 2005 por el Foro de Chornóbyl, del que participaron el OIEA, la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Programa para las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCAH-UN), el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR), y el Banco Mundial, junto a los gobiernos de Bielorrusia, Rusia y Ucrania. Dicho informe hace especial hincapié en la aparición de “serios problemas psicológicos” a raíz de la desinformación y el ocultamiento a que fue sometida la población. Además, pone el acento en la destrucción de la economía de la región y la expansión de la pobreza y la falta de expectativas de vida en la zona afectada y la consecuente excesiva dependencia de la asistencia del Estado. El seminario fue presentado por el embajador ucranio en Argentina, Oleksandr Nekonenko, quien a su turno recalcó la necesidad de la colaboración internacional y contabilizó 2.218 ciudades y 2 millones y medio de personas “alcanzadas por la radiación”, aunque reconoció que “es difícil determinar las consecuencias fatales”. Además, el diplomático insistió en la carga económica que el accidente representa para su país, y estimó en 13.500 millones de dólares lo invertido hasta el momento, que se proyecta a 175 mil para el año 2015, si se consideran las pérdidas indirectas en la producción agrícola e industrial. De cara a la construcción de un nuevo “sarcófago” que proteja al medio ambiente de nuevas emanaciones del material que permanece alojado en la planta, Nekonenko aseguró que ya hubo donaciones de 28 países, que alcanzan al 75 por ciento de lo requerido. También aprovechó para agradecer la ayuda que “desde un primer momento brindó el gobierno de Cuba, en cuyos centros de atención fueron atendidos unos 15 mil chicos en forma gratuita”, y extendió el gesto a la Argentina, que alojó contingentes de niños en plan de descanso. Por último llamó a la comunidad internacional a comprometerse con el tema y advirtió que “la lección de Chornóbyl debe servir para saber que no se debe tener soberbia hacia la naturaleza”. Del encuentro también participaron la ex vicecanciller y directora de la Dirección de Seguridad Internacional, Elsa Kelly, y Fernando Petrella, ex vicecanciller y director de la Maestría de relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano. El vicepresidente de la nación, Daniel Scioli, no participó a pesar de haber sido anunciado, sin conocerse los motivos de su ausencia. Eduardo Slusarczuk

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