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Publicado por:
Redacción
viernes, 07 de octubre de 2005
Una vez más, como todos los años, el ballet de la colectividad Lituana mostraba sus danzas tradicionales en el escenario montado sobre el Playón Municipal, en la ciudad de Berisso. Domingo 2 de octubre, y como corresponde para el cierre de la Fiesta del Inmigrante, el grupo ponía lo mejor de si. De repente, sobre uno de los costados, la figura coreográfica se rompió. Primero cayó una bailarina. Luego otra, y una más hasta sumar cuatro. Fin de fiesta. Las chicas al hospital y los organizadores a desarmar el escenario. Cuanto menos dure la cosa, mejor.
Un espectador contó al diario El Día que "fue como que los chicos no midieron dónde terminaba el escenario, de repente pisaron el aire, y se cayeron”. Carlos Emmercih de Defensa Civil le explicó al mismo medio que "se asemejó a un blooper de los que suelen mostrar en televisión; de repente una de las chicas se cayó, arrastró a las otras. Acá no es que se hayan aflojado las tablas del escenario o alguna baranda, como se escuchó decir por ahí".
El resto es una imagen repetida. Padres que acusan, abogados que promueven denuncias, funcionarios que se excusan y la prensa que se regodea. No hubo muertos ni hay caras famosas en el medio. Noticia de vida corta, sin santuarios ni marchas.
La voz del organizador –sea quien fuere-- de la fiesta del (táchese lo que no corresponda) inmigrante --cada vez hay más--/girasol/maíz (o el cereal que se le ocurra)/de la raza/cualquier otro producto o efeméride, casi siempre tiene el mismo tono. Apenas logra establecer la comunicación transmite entusiasmo y no puede contener los elogios. “Tienen el mejor ballet y tienen que estar”. A medida que transcurre la charla, se apacigua: “Bueno, serían quince minutos porque, como son muchos, más no podemos darles”. Avanza la conversación y los argumentos son más pragmáticos: “Van a bailar al final, porque sino después de ustedes la gente se me va”. Pasan los minutos y la convicción del comienzo se transforma en duda: “Nos dijeron que el escenario que nos da la municipalidad es de 12 por 8”. La última parte solo deja lugar al lamento: “No, plata no hay. Tenemos que armar todo con un presupuesto bajísimo”. Y el consuelo siempre abre el campo para un posible negociado: “Lo que podemos hacer es conseguirles un micro y algunas bebidas”. La comunicación termina con un “Ok, vamos”, y la amenaza de no aceptar nunca más una invitación de “ese chanta” queda en eso: una amenaza.
El micro llega un poco tarde, aunque podría ser peor. De todas maneras no afecta a las ganas de los bailarines. El estado de los asientos no parece el más adecuado para transportar a chicos de escuela, pero la euforia de la función que se viene anula las reflexiones negativas. Tampoco deja un hueco para entender que sin las obleas de habilitación el vehículo no está autorizado para circular. Que el chofer fume, a esa altura, es lo de menos. La actuación está programada y ya los tiempos están atrasados.
En el lugar hay bastante gente. Para los vecinos de la zona el cálculo da bien. No hace falta viajar, hay un montón de stands para ver y para comer a precios bastante bajos (y si no, con un pancho la cosa se arregla), los chicos pueden pasar un día al aire libre y sobre el escenario se suceden ballets, tan heterogéneos en calidad como en su procedencia, sin pagar entrada. Negocio redondo.
Para el organizador, si no llueve, el cálculo también da a favor. Los costos se equilibran con el alquiler de los espacios para los stands de las colectividades y la explotación de algunos puestos de comidas. En tanto, los animadores de la jornada, quienes aportan artistas, coreografías, música y vestuario, tienen costo cero. Negocio redondo.
Argentina es un país que recibió una cantidad enorme de inmigrantes. Y lo más enriquecedor es la variedad de sus nacionalidades. Cada grupo tuvo razones de peso para dejar su país, pero la conformación de colectividades denota la necesidad de compartir la tradición común y mantenerla. El contacto con otras favorece la difusión de la propia, y en eso consiste la tarea de los grupos de danzas. Algunos con más acento en la cuestión estética y otros con la simple intención de preservar una identidad. Por eso la posibilidad de mostrarse es vital. Y las fiestas populares son una vidriera irresistible.
Lo que sucedió en Berisso el fin de semana pasado obliga a repensar cuál es el costo que debe pagar una colectividad para exhibir su patrimonio cultural.
Antes de la tragedia de Cromañón hubo en la Argentina miles de recitales en lugares cerrados en los que las bengalas le ponían color a la música. Algunas tapas de discos se encargaron de inmortalizar esas imágenes sin que nadie se alarmara por ello. Es cierto que en los espacios que Chabán les ofrecía a las bandas nunca se destacaron por sus condiciones sanitarias ni de confort, más bien lo contrario --acomodarse en las gradas de cemento de Cemento (valga la redundancia) no es un experiencia recomendable--. Pero lo cierto es que desde los Redondos hasta la Bersuit pasaron por allí antes de convertirse en llenadores de estadios. Eso no lo justifica, pero obliga a mirar más allá de la bronca.
Los conjuntos de colectividades tienen mucho de banda de rock. Sus integrantes cargan los instrumentos y bolsos. En los festivales muy pocas veces se respetan los horarios. El equipamiento técnico (escenario, sonido, luces) casi nunca permite lucir en su totalidad su despliegue. Y vaya uno a saber cuáles son los recaudos que se toman en el área de la seguridad.
En casi 30 años de recorrer maratones de danzas étnicas, jamás supe de algún representante de los grupos que constatara a conciencia la existencia de servicio médico de emergencia, baños adecuados para los bailarines, certificación de un correcto sistema de provisión eléctrica y de prevención de incendios, ni la resistencia y seguridad del escenario. Tampoco es su obligación ni debería serla bajo ninguna circunstancia.
En esos casi 30 años vi caerse bailarines del escenario. Algunas veces por impericia propia o imprudencia. La mayoría, por falta de barandas o poca resistencia de la estructura. Aunque no hace falta caerse. No fueron pocas las ocasiones en las que a medida que la función transcurría iban apareciendo agujeros en el tablado, iban sobresaliendo clavos y se iban desprendiendo maderas. Hasta hoy las consecuencias nunca pasaron de raspones y algunas sonrisas de parte del público por el “blooper”, como optó por calificarlo el hombre de Defensa Civil. Tampoco había pasado nada antes de Cromañón, pero pasó. En Berisso también.
Claro que los ballets nunca defendieron su posición. Sencillamente bailaron y de esa manera aceptaron lo que se les ofreció. ¿Qué hubiera pasado si todos los conjuntos se hubiesen negado a bailar? Seguramente hoy habría menos “fiestas”. Seguramente las condiciones serían mejores.
El argumento más a mano es que son espacios para mostrar tradiciones. Pero la difusión de un legado cultural no vale la salud de un bailarín, músico o asistente. Ni tampoco la de un miembro del público.
A lo mejor llegó la hora de que todo ese trabajo que en silencio y con mucho sacrificio hace cada colectividad sea valorado como corresponde. Y la integridad de quienes actúan también. Y que se les de salida de una buena vez a nuestros chabanes, que solo se interesan en la recaudación de los puestitos y la ganancia que dejaron los choripanes. Ojalá sea antes del próximo porrazo.
Por Eduardo Slusarczuk
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