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dic 26

Publicado por: Redacción
domingo, 26 de diciembre de 2004

Hace cuatro semanas, mientras en Kyiv cientos de miles de personas desafiaron el frío polar y se concentraron en la Plaza de la Independencia en apoyo al candidato opositor Viktor Yuschenko, una manifestación similar, de evidente menor escala, soportó casi 30 grados bajo el sol de Buenos Aires, frente a la Embajada de Ucrania. Era parte de la enorme comunidad de ucranios que vive en la Argentina, que seguía los avatares políticos de ese país. En distintas oleadas inmigratorias llegaron a nuestro país miles de ucranianos. Hoy se estima que esa comunidad suma más de 250.000 personas, entre inmigrantes y descendientes, señaló a Clarín el abogado, periodista y responsable de la sección en español del periódico La Palabra Ucrania, Ihor Wasylyk. Los cíclicos vaivenes políticos y económicos que sacudieron a Ucrania durante los siglos XIX y XX obligaron a miles de familias a empacar sus petates —si los tenían— y partir hacia otras tierras, como la Argentina. "La primera corriente llegó entre 1897 y 1914", explicó Wasylyk, quien integra la Representación Central de la Colectividad Ucrania en la Argentina y escribe en el portal www.ucrania.com. "En su gran mayoría eran campesinos que venían por la falta de perspectivas económicas en su país, ocupado por los imperios austro-húngaro y ruso", recordó. Las primeras familias se instalaron en Misiones, donde tuvieron facilidades para adquirir parcelas de tierra virgen, que convirtieron en cultivable. Hoy muchos de sus descendientes son grandes productores de yerba mate. La Primera Guerra Mundial frenó por un tiempo la inmigración. Pero entre 1920 y 1939 se dio una segunda oleada. Las razones ya no fueron tanto económicas sino políticas: Polonia y Rusia codiciaban Ucrania. Estos inmigrantes no tenían los medios para comprar tierras y encarar tareas agrícolas. En su mayoría se quedaron en la Capital o en el sur del Gran Buenos Aires y consiguieron trabajos en relación de dependencia en fábricas, talleres y frigoríficos. La tercera corriente llegó después de la Segunda Guerra Mundial, entre 1946 y 1950. Era un grupo heterogéneo: obreros especializados, comerciantes, artesanos, artistas, científicos o profesionales universitarios, que se radicaron en Capital, Berisso, La Plata y Córdoba. Los últimos llegaron luego de que Ucrania declaró su independencia, en agosto de 1991, tras la caída de la Unión Soviética. El cimbronazo que produjo la salida del comunismo a una economía de mercado expulsó a miles de personas. "Siempre hubo más facilidad para entrar a la Argentina que a Europa, Estados Unidos o Canadá", interpretó Wasylyk. "Muchos llegaron con la idea de trabajar un tiempo y partir hacia Norteamérica", agregó. Aquí consiguieron empleos de baja calificación, sobre todo por la traba del idioma. Pese a las grandes diferencias sociales, miles de estos inmigrantes, sus hijos, nietos o bisnietos, comparten actividades y tradiciones en varias organizaciones ucranias en la Argentina. Una de las más reconocidas es la Asociación Prosvita, con casi 50 filiales en distintas ciudades. También se reúnen en asociaciones de jóvenes y en iglesias católicas y ortodoxas. Hoy, muchos de ellos estarán atentos a las elecciones en la tierra de sus ancestros. En la fotografía: Raíces. Escuela de Danza de María Krupa en Dock Sud, en 1952. (Foto: María Moroz) Artículo escrito por: Carolina Brunstein. cbrunstein@clarin.com Publicado en el diario Clarín, domingo 26 de diciembre de 2004 http://www.clarin.com/diario/2004/12/26/elmundo/i-893564.htm

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