Contra esa miope mirada y advirtiendo que los testeos de ninguna manera sugieren conclusiones científicas, vale la pena considerarlos para elaborar algunas reflexiones y aportar a un debate que el propio presidente de la Representación Central Ucrania, Jorge Balanda, considera urgente. El disparador inicial fue dirigido a identificar los principales problemas de los ucranios asentados en Argentina. La segunda parte de la encuesta fue orientada a la definición de posibles soluciones a la crisis que vive la comunidad ucrania en el país, cuya magnitud admite discusiones; no así su existencia. El primer dato es el aumento de intervenciones de los visitantes de www.ucrania.com en la segunda requisitoria respecto de la primera. Fueron 350 los que participaron de esta última contra los 201 que lo hicieron en la anterior. Es cierto que la cantidad de visitas al sitio aumenta de manera sostenida. Pero también es posible que haya resultado más estimulante optar entre algunas posibles soluciones que la de aventurar un diagnóstico. Sin embargo, para encontrar una salida es menester contar con un mapa preciso de la situación actual. En la primera instancia de la encuesta el 37 por ciento de los votantes denunció el mal manejo de las instituciones como el problema principal. La quinta parte señaló la falta de unión y trabajo en conjunto y las opiniones se dividieron en décimos entre quienes citaron la pérdida de la identidad, la indiferencia de la juventud y la falta de recursos económicos. Es decir que casi cuatro de cada diez apuntan a los dirigentes actuales a la hora de endosar responsabilidades. No es poco, si se comprobara que ese porcentaje se proyecta sin cambios sobre la totalidad de la colectividad. Por otra parte, la falta de unión y trabajo en conjunto y la incapacidad para obtener mayores recursos no son independientes de ese manejo que se critica. De modo que es válido interpretar que cerca de un 70 por ciento cuestiona directa o indirectamente la tarea directriz. No sorprende entonces que la propuestas de recurrir al liderazgo de los más jóvenes y la de regionalizar y unificar instituciones reúnan casi la misma proporción de simpatías. Frente a la contundencia con que el peso de la culpa es arrojado sobre los conductores de las entidades, cabría pensar que la razón asiste a quienes votaron en ese sentido. Y no hay duda que en cierta medida es así. Estructuras anquilosadas, exceso de divismo, miradas sesgadas de la realidad, reproducción de modelos pensados 40 años atrás, son parte de una kilométrica columna de cuestiones deficitarias. ¿Y entonces?
Qué se vayan todos (y el último que apague la luz).
Después de diciembre de 2001 las páginas que hablaban de un quiebre en la dinámica de la sociedad argentina estuvieron de moda. El “qué se vayan todos” era un clamor al que se subían dirigentes políticos sin chapa, periodistas con alma de barrilete, panqueques ideológicos y la inefable clase media, que por un momento creyó participar de la toma de la Bastilla blandiendo una cacerola y un cucharón. Casi cinco años después, pocas caras cambiaron. Apenas apareció algún empresario tributario de la dictadura se subió al discurso de la democracia y uno que otro caradura pasó a cuarteles de invierno. Con las cacerolas bien guardadas, los percusionistas regresaron al calorcito del hogar. De las asambleas barriales, algunos mohicanos se niegan a deponer su entusiasmo. La casa, como siempre, en orden. Si me sigue, verá que no se equivocó de nota. Es que todo tiene que ver con todo. Y la colectividad ucraniana también es parte del todo.
¿Quién, yo? No, gracias.
Las instituciones de la “hromada” se rigen por estatutos, en su mayoría bastante sabios (no en vano algunas entidades ya superaron los 70 años). Casi sin excepción las comisiones directivas son elegidas en asambleas abiertas a los socios, siempre que cumplan con algunos requisitos mínimos, entre los que está el pago al día de la cuota societaria. Sería interesante contrastar la cantidad de inscriptos con la de quienes tienen su cuota al día (yo no la tengo), con la de quienes asisten a eventos comunitarios, con el número de asambleístas presentes a la hora de elegir autoridades y con la proporción dispuesta a asumir cargos ejecutivos. Allí es cuando los números de la encuesta chocan con una realidad que los pone en cuestión. No se trata de calificar el voto de acuerdo al mayor o menor aporte que cada emisor realice en el ámbito institucional. Pero sí se trata de constatar cuán grande es el trecho que hay del dicho al hecho. Basta revisar las actas de sucesivas elecciones de comisiones directivas para comprobar que el número de electores es bajo y que la disposición a arremangarse y poner manos a la obra, por cierto, no abunda. “Es fácil cascotear desde afuera”, sostiene Balanda, en una entrevista recientemente publicada en este website. Su argumento para dar por tierra con el de quienes justifican su alejamiento o inacción, recurriendo a la imposibilidad de modificaciones las estructuras, es más que sencillo: “Otros que tampoco comparten las decisiones de la dirigencia se quedaron a promover cambios desde adentro”. Pero es preciso avanzar un poco más allá de ese rechazo al manejo de las instituciones, y analizar la mayoritaria adhesión a la propuesta de que sean los jóvenes quienes las lideren. La pregunta es, entonces, quiénes son los jóvenes y dónde están.
Las condiciones las pone la realidad, y no siempre son las mejores
Hay demostraciones que confirman que ese traspaso de mando, en más de un lugar, no es necesario. Simplemente porque ya pasó. Quizás sí haya que pensar que no siempre la cuestión cronológica va acompañada con una renovación de ideas. Al mismo tiempo habría que analizar cuál es el margen para la aplicación de un pensamiento reformista cuando las urgencias indican que los edificios se caen a pedazos, que las deudas se comen activos y que, en el momento de reclutar fuerza de trabajo, casi siempre los voluntarios se cuentan con los dedos de una mano, excepto que el “sacrificio” retorne en algún mini-beneficio. Cuenta la leyenda que algún dirigente se niega a pagar por el ingreso de su familia a la Quinta Recreativa Veselka porque su padre fue uno de los fundadores. Surge entonces un cuestionamiento lógico acerca de la pertinencia de mantener propiedades que generan gastos, que son escenario de alguna actividad rara vez al año, y para no más de 50 personas, cuando la convocatoria es un éxito. “Unificar instituciones” es la consigna que aparece como conclusión salvadora. Desde tiempos inmemoriales se escucha el clamor en ese sentido de parte de algunos socios, a veces no tan anónimos. La resolución parece razonable, pero ponerla en práctica no es tan sencillo como enunciarla. La historia de las diferentes asociaciones reconoce convicciones sólidas, templadas al calor de un mapa geopolítico mundial que estalló hace casi 20 años. Con el estallido de la URSS, la declaración de la independencia de Ucrania y la desaparición del fantasma comunista (por momentos parece que lo único que cambió es que en lugar de ser patrimonio de dos, ahora el uso de la fuerza imperial para someter a las naciones periféricas es monopolio de una sola potencia), el objetivo político de la colectividad quedó cumplido. Y no resulta fácil encontrar un rumbo después de haber mantenido el timón con firmeza durante un siglo. Desde la perpetuidad de los nombres de las entidades, hasta el arraigo a cada ladrillo y cada baldosa de los salones, los escollos para llevar a cabo esa transformación se multiplican. La sensación de resignar pedazos de la propia historia mina cada intento de unificación o cambio. Además, ¿es conveniente que las viejas estructuras le dejen paso a vaya a saber qué?
¿Quién dijo que todo está perdido?
Los interrogantes apenas están dejando la soledad de los diálogos aislados para meterse en las discusiones orgánicas. Hace un par de días, en una conversación privada, un representante religioso de la comunidad presagiaba que de la manera en que van las cosas, en cinco años no habrá más colectividad. Hay elementos para refutar tan apocalíptico pronóstico. Sirven como botón de muestra los mensajes que día a día reciben los foros de www.ucrania.com. Existen fundamentos para creer que hay un potencial participativo ahí nomás. Claro que los potenciales deberían pasar del ciberespacio a la realidad concreta. Y los participantes concretos no deberían obviar el ciberespacio. El avance de los medios de comunicación debe ser una herramienta esencial a la hora de poner en contacto a quienes desean sumarse. Algún misionero proclamó, en ese ámbito, la necesidad de promover cooperativas para apoyar a los pequeños productores yerbateros. La historia de emprendimientos de ese tipo con finales poco felices (para nada casuales) le podría caer sobre la cabeza. Pero también el futuro puede abrir una nueva posibilidad. Otra visitante decidió poner on-line un glosario para acercar el idioma ucranio a los que quieren aprenderlo. Los contactos se multiplican entre quienes desean compartir su “parte” ucraniana. Depende de todos intensificarlos y potenciarlos.
Algunos afirmarán que hay establecer un nuevo punto de partida. No faltarán los que se desentiendan de las críticas y aspiren a que todo siga igual. Y estarán quienes comprendan –algunos ya lo están haciendo-- que, sin borrón ni cuenta nueva --porque el pasado y presente de la colectividad merecen la mejor de las memorias--, tarde o temprano habrá que acomodarse a los tiempos. Yo apuesto por la última opción. ¿Y usted?