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Friday, September 10, 2010
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Un año sin Basilio Slusarczuk

A mi viejo nunca le gustó el fútbol. Siempre lo dijo. Repetía una y mil veces una historia que jamás sabré si fue real, pero que justificaba su odio a la pelota. Una como tantas otras que nuestros padres nos cuentan y que nos ayudan a conocerlos cuando apenas los conocemos...

Un año sin Basilio Slusarczuk


El fútbol que le gustaba a mi viejo

Por Eduardo Slusarczuk

 

Yo canto para abrazarte

porque entenderte ya no me basta

Yo canto para librarme

de las cadenas negras de ideas y

                palabras

que trazan una línea en el agua

dividiendo lo indivisible

vos y yo

(Pedro Aznar)

 

A mi viejo nunca le gustó el fútbol. Siempre lo dijo. Repetía una y mil veces una historia que jamás sabré si fue real, pero que justificaba su odio a la pelota. Una como tantas otras que nuestros padres nos cuentan y que nos ayudan a conocerlos cuando apenas los conocemos.

La contundencia del relato convence a primera escucha. Cuenta que cuando llegó al país, en 1938, el barco que lo traía amarró muy cerca de lo que era el Hotel de los Inmigrantes. Traían casi nada, de modo que junto a sus padres y sus hermanos les tomó pocos minutos recorrer la explanada y pisar tierra argentina.

Contaba mi viejo que caminaba por el playón que bordeaba el doque, a ritmo lento, sin comprender aún que estaba dando sus primeros pasos en la que sería para siempre su casa. El cuerpo cansado de mar, los miedos en el silencio, la angustia de no saber el futuro, en la mirada. Y el murmullo de mil idiomas alrededor.

Entonces, sucedió lo que sucedió. Según mi viejo, no habrían pasado más de cinco minutos desde que había dejado el buque. Nada cambiaría si hubiesen sido diez o 15. Pero pasó ahí, en el trayecto del barco al hotel.

No vio de donde vino el disparo. La cabeza le tembló y una picazón le arañó la piel. El oído le zumbó, y el golpeteo retumbó unos segundos. Cuando reaccionó vio una pelota de esas que tenían los gajos cosidos con hilo sisal que rebotaba mientras se alejaba, libre de culpa. Levantó la vista y vio como los pibes reanudaban el partido sin decir ni gracias por el pase.

Ni antes ni después. En ese instante el fútbol se convirtió en su enemigo. Quizás porque no lo invitaron a jugar. Quizás porque no se animó. Quizás porque necesitaba odiar algo de acá, para asegurarse seguir amando lo de allá.

            Ese pelotazo me jugó en contra. Nunca veía partidos con mi papá. Jamás le llamó la atención mi preocupación por un resultado. Pese a ello, nos sobraron temas para compartir. Mi viejo no era sabio pero era tan curioso que mereció haberlo sido.

 

Un ucraniano bien argentino

Basilio era tan ucraniano como lo argentino que aprendió a ser. Se hizo de abajo. Bien de abajo. Lo tiraron en la selva y se escapó a la ciudad. Fue de pensión en pensión. Pompeya, Paternal, Lugano y no se cuántos lugares más. Alguna vez eligió mal. Aprendió a morderse los labios y se puso la ropa de padre. La vida lo obligó a decidir, y eligió mejor que nunca. Se jugó a más.

            Le puso el hombro a eso que tantas veces maldijo pero amó con toda su alma. Cada martes la reunión en la Cooperativa Renacimiento era un compromiso que no eludía. Vasyl tampoco dejaba de ir a una sola reunión en Maza 150.

Jamás fue presidente de algo. Pero siempre estaba alerta. Para discutir la colocación de un parquet que sabía que se iba a levantar. Y se levantó. Para advertir que entre pocos hundirían una cooperativa de muchos. Y la hundieron. Sin embargo reincidía. Participaba. Apoyaba, aportaba, trabajaba.  

No le gustaba sentarse en la mesa de cabecera. Prefería mirar de lejos y reírse de la obsesión por figurar. Cabrón, honesto, patriota, amigo y francotirador.        

Vasel siempre estuvo listo. Para tirar una soga, para cumplir el sueño de que Tarás Shevchenko también tenga su lugar en un parque de Buenos Aires. Para soldar, doblar y pintar las escaleras de una pileta que usó poco, en esa quinta que también fue un pedacito de él. Para hacer de unos pedazos de chapa una cruz para la iglesia de su cura amigo. Mi viejo creía en ese cura, de mirada abierta y sencilla, que saludaba dando la mano. Jamás agachó la cabeza para besarles el anillo a excelencias de mirada turbia y gorros con brillitos. Tenía dignidad.

Se subía a su R 19 todos los días, para no perderse un solo detalle de la reforma que pensó para que las "pañí" tuvieran una buena cocina en "Vidrodsheñia". Y los 80 le venían pasando factura.

Hizo más, mucho más.

Su taller le comió salud, pero le dio vida. Basilio era chinchudo, gritaba, se enojaba, daba trabajo. Creía en el trabajo. No era menemista. Nunca lo ví caminar entre los tornos con aires de señor. Lo recuerdo, en cambio, más de una noche frente al balancín o la soldadora. "Cuando uno se compromete, los trabajos hay que entregarlos", decía.

Tenía ratos para sentarse a mi lado y jugar a descubrir los colores de las banderas de países que ya ni existen, capitales con nombres tan difíciles de pronunciar como su apellido. No miraba tele conmigo. Pero de eso no me acuerdo, así que tan malo no debe haber sido.

Viajaba a Gesell como a Liniers. O más que a Liniers. Y mi mamá siempre ahí, de puntal, de soporte. Yo me iba con ellos. O no. Con el hermano que me dieron, quedarme era una fiesta. Mientras, cada ladrillo de lo que construía, cada cocina, cada puerta, cada canilla, pasaba por la mirada de Don Basilio.

Lo conocieron los municipales de la Villa, los de la cooperativa de electricidad, los de la telefónica. Las paredes de esas oficinas deben guardar aun algunos de sus gritos. Reclamaba por lo suyo.

 

Basilio y Wiera viajaron a Ucrania. La estupidez del régimen acotaba su radio de movimiento a un par de cuadras alrededor del hotel. Se disfrazaron de campesinos y se fueron a sus pueblos. Se arriesgaron. Y volvieron.

Regresaron a su tierra natal varias veces, mientras recorrían y conocían el mundo. Y un día, en Ucrania, vieron cómo la bandera roja y azul era arriada para siempre y, en su lugar, los mástiles se cubrían de celeste y amarillo. Pero mi viejo amaba la Argentina. Sufría, puteaba, discutía por ella. Detestaba a los que la lastimaban. A los asesinos de uniforme y charreteras, y a los ladrones de guante blanco y masters en Chicago. Era argentino.

Tenía la claridad para entender que el enemigo de allá no era el mismo que el de acá. Luchó por la caída de la maquinaria imperialista de Moscú, pero no perdía de vista la perversión de los Bush y sus cómplices. Tronaba por los errores de América Latina, pero prefería la unidad del continente al ALCA y las herramientas de sometimiento.

 

A mi viejo le costaba el abrazo. No le sobraban, aunque se dejó algunos para el final. Le costaba la caricia porque sí. Lo vi llorar. Por mi mamá. También por su hermano menor, que se murió cuando no tendría que haberlo hecho. Y le vi lágrimas por algún amigo.

Esa dureza le costó algunos mimos. De los hijos, de los nietos. No le hubiesen venido mal. Pero era así. Mi hija no lo sabía. Será por eso que se atrevía a hacerle caricias en las mejillas mientras usaba su bastón para jugar.

 

Hace un año bajó la guardia. Pero una semana después de que los médicos lo anunciaran. A cabeza dura no le iban a ganar ni entonces.

 

Los últimos tiempos mi viejo ya no iba a "la sociedad". Estaba cansado. No manejaba. Le costaba. Un día lo convencí para que me acompañe. No había reunión, ni asamblea, ni cantaba ningún coro ni nada así. Mi viejo se vistió para la ocasión.

Se emocionó con el himno y con el colorido de las banderas que llenaban la pantalla gigante. Saludó a sus conocidos y a sus pares, esos que también ya necesitan bastones. Me pregunté, como siempre, por qué esos hombres que vinieron del mismo lugar, transitaron por caminos separados. Me pregunté, como siempre, por qué muchos de sus hijos repiten la historia.

Mientras buscaba respuestas que explicaran la estupidez, volví a mirar a mi viejo, con sus ojos clavados en las imágenes de la definición de los cuartos de final entre Ucrania e Italia. Vivió esos 90 minutos como un hincha más. Maldijo cada oportunidad que malograban Shevchenko o Kalinichenko. No dejó de preguntar y ni de opinar. Sufrió con alma de futbolero cada gol tano.

Cuando todo terminó se paró, se apoyó sobre su bastón y no se lamentó: "Es la primera vez que jugamos un mundial. Ya nos va a ir mejor". Fue la última vez que estuvo en algún salón de la colectividad. Fue la primera vez que vimos juntos un partido de fútbol. Y le gustó.

 

* Comencé a escribir este artículo a los pocos días de aquel funesto Italia - Ucrania del Mundial de Alemania. Terminé su redacción el 26 de agosto de 2007, casi un año después. El 10 de septiembre hará un año que mi viejo no está. Se nota.

    

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Date Posted: 3/2/2008
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